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CRÓNICA / 21

El Padre Pepe II

Juan Cautivo Miranda

En 1981 vivía yo en Quilmes, un barrio al sur de Buenos Aires. Para dicha fecha, nuestro país estaba a punto de zafar del esplendor económico y el gobierno muy amable no era. En ese tiempo, todavía existían los pobres, y los que podíamos salíamos del país en busca de un futuro más propicio en tierras ajenas. Yo, al igual que muchos otros, crucé los Andes buscando oportunidades.

En poco tiempo logré establecerme y desempeñarme exitosamente como garzón en una parrilla porteña, labor que me permitía alimentarme, pagarme la cerveza y alquilar una habitación a pocas cuadras del trabajo.

Ya en 1982 tuve nuevamente noticias del Padre Pepe. Emocionado, por los periódicos y la radio me enteré de que seguía viviendo en Argentina. Comenzó a aparecer habitualmente en los medios, acusado de una serie de atentados políticos. El gobierno argentino lo culpaba de liderar movimientos rebeldes que ponían en riesgo la seguridad pública.

Lo buscaban por todos lados, pero nadie sabía concretamente dónde estaba. Se creía que posiblemente se escondía en barrios marginales de la provincia de Buenos Aires, mientras una segunda hipótesis afirmaba que habría logrado llegar al Chaco, en la frontera con Paraguay.

Yo, que lo recordaba con cariño desde hacía tantos años y añoraba reencontrarme con él, sabía que tarde o temprano se descubriría que todo era un error. Por eso comencé a recortar y guardar en un cuaderno de fan todo lo que la prensa publicaba sobre él.

Un día cualquiera, al terminar la jornada, volvía de la parrilla, cuando sorpresivamente encontré a medio camino a la señora que me arrendaba el cuarto.

Me estaba esperando para advertirme que los militares habían allanado la casa y encontrado entre mis cosas revistas para adultos y los recortes del Padre Pepe. La señora me aconsejó que viajara, que la cosa estaba violenta. Amablemente me devolvió el mes de garantía, me deseó suerte y partí con destino a Chile.

Esa misma noche viajé. A mi lado se sentó un tipo extraño que usaba sombrero, lentes oscuros y barba larga, y estaba muy abrigado a pesar de los 35 grados de temperatura que había. El auxiliar del bus se acercó para pedirnos los pasajes y nuestros datos. Apenas se alejó, el tipo me habló:

—¿Jovren, discurpe, tú erres Vladimir, chilenian den campament crristiano?

Enseguida reconocí su castellano horrible. Era el Padre Pepe, que también huía de los militares argentinos. Nos abrazamos emocionados y conversamos durante las veinte horas de viaje, poniéndonos mutuamente al tanto de nuestras clandestinas vidas.

Llegamos a Santiago de madrugada. El sacerdote era esperado por un grupo de personas. Nos despedimos y me dijo que él continuaba camino, que de México pasaría a Cuba. Me prometió que volvería a visitarme. Tenía contactos, así que no debía preocuparme: fácilmente podría ubicarme.

No pasaron más de tres años y una mañana tocó a mi puerta. Venía muy cambiado, con un habano en la boca y varias maletas llenas de botellas de ron para celebrar el reencuentro. Ya no traía su sotana ni sandalias. Vestía completamente de blanco, con una guayabera bordada, pantalones de lino, gafas y un diente de oro.

Traía mucho dinero. Me compró un refrigerador y después fuimos al supermercado para llenarlo de cosas ricas. Incluso mandó a comprar un cargamento de los últimos choros zapatos y los comimos por la tarde mientras veíamos Sábados Gigantes.

Por las noches tomábamos ron conversando y riendo. En una de aquellas largas noches, pasado de copas, me confesó que en Cuba había conocido a una mulata que lo tenía enfermo. Me dijo que había viajado a Chile para intentar olvidarla y que nunca había perdido su voto de castidad.

Yo lo escuché y lo incentivé a que viajara de vuelta. Le dije que, si era necesario, abandonara sus votos, pues el amor de una mujer lo valía todo. Que si el Señor, después de tantos años de servicio, había puesto una mujer en su camino, a lo mejor lo estaba dando de baja.

La verdad es que al principio yo estaba muy contento con su visita, pero ya llevábamos varias semanas sin dormir. Yo había perdido mi trabajo, el curita puro tomaba y me hacía tomar, y no pensaba en largarse. Comencé a insistirle en las ventajas del romance hasta que finalmente lo convencí y su espíritu santo partió raudo a dar fin a sus votos.

Durante la despedida, me prometió escribir pronto y volver para contarme cómo le iba con la mujer. En la primera carta me contó que la chica lo había engañado y le había quitado parte de su fortuna. Derrotado, había vuelto al sacerdocio y, para cambiar de aire, viajaría al Vaticano.

Pepe, aunque siempre fue un líder innato, se llenó de odio y frustración por el engaño de aquella mujer. Se volvió ambicioso. Se propuso avanzar velozmente y a toda costa en la jerarquía clerical. En la última carta que recibí me confesó que escondía el jugo de papaya de su jefe como estrategia para apurar su deceso y ocupar un puesto importante.

Hace poco, por la prensa me enteré de que sigue en la Iglesia y que logró su anhelo. Su jefe lamentablemente falleció hace algún tiempo y él fue ascendido. Ya nadie lo conoce como el Padre Pepe. Decidió cambiar su apodo por otro más acorde a los nuevos tiempos y a su actual cargo.

Ahora le llaman Benedictus XVI.

El Padre Pepe y un desconocido, 1977
El Padre Pepe y un desconocido, 1977