CRÓNICA / 16
De como llegué al norte grande
Últimamente, Eduarda anda de malas por mis constantes intentos de insurrección y por la insolencia de mi música. Dice que soy un malagradecido y, para hacerme entrar en razón, ha disminuido notoriamente mis raciones de alimento. De hecho, ya todos los pantalones se me caen. Estoy flaco como nunca y ni siquiera es capaz de comprarme un cinturón barato en la feria. Según ella, no me lo compra por miedo a que pueda utilizarlo para atentar contra mi vida. Por el mismo cuidado, últimamente me hace comer con platos, vasos y cubiertos de plástico. Encima, tengo que lavarme los dientes con el dedo. Ya no lo soporto.
Cuando era libre solía caminar por la orilla de la acera y observar las aureolas plateadas que brillaban sobre el oscuro asfalto de las calles. Quizás nadie más preste atención a esos sutiles fósiles urbanos, pero recuerdo que a lo largo de Vicuña Mackenna y de la Alameda abundaban. En realidad, no sé qué serán esas marcas, aunque me imagino que se forman por tapitas metálicas de gaseosa, atropelladas una y mil veces, de aquellas que se usaban cuando las botellas eran de vidrio y no se podían destapar con la mano. Contemplarlas siempre me producía una amable nostalgia. Tan redonditas como fichas de pulpería, su abundancia me transportaba a mi niñez en el norte, específicamente a la oficina salitrera Humberstone. Aunque ahí no había fichas, para que sepan los ignorantes, había vales.
En 1948 yo era un niño indefenso que vivía en Cáhuil, un pequeño pueblo en la costa de la Sexta Región. Habitábamos una humilde casa de pescador con mi madre y su conviviente, don Manuel, un buen hombre.
Durante el verano, don Manuel nos mantenía con la cosecha de sal y, el resto del año, con la recolección de un extraño tipo de molusco muy apetecido en Japón, donde le atribuían extraordinarias propiedades afrodisíacas. La demanda fue tan grande que terminaron extinguiendo la especie, lo que demuestra que la pasión puede arruinar incluso a quienes no participan de ella. Este hecho produjo una importante crisis económica en mi familia, que hizo que don Manuel, angustiado y cesante, cayera en el flagelo del alcohol.
En la esquina de la casa había un bar. Allí los hombres llegaban a maldecir a sus mujeres e hijos, pero también hablaban del dinero fácil que se ganaba en el norte, extrayendo el oro blanco. A veces también lo llamaban flor de la pampa o caliche.
Una noche, don Manuel, después de la vigésima tercera pilsen, descubrió que ya no le quedaba ni un peso. Llegó entonces a casa y nos obligó a hacer las valijas para partir en busca de un futuro en el árido Norte Grande.

Después de un viaje que duró varios días, llegamos a la ciudad de Iquique. En la calle Baquedano, un hombre pequeño se nos acercó ofreciéndonos la posibilidad de ganar dinero. Supuestamente había que trabajar poco y viviríamos en un lugar cómodo, un verdadero oasis en medio del desierto.
Confiados, partimos. Caminamos mucho por la arena bajo el sol. La travesía fue ardua, ya que no nos alcanzó para arrendar un camello y debíamos tener cuidado de no pisar alguna mina. Después de varias horas, al fin llegamos a la oficina salitrera. Allí nos recibió gente muy risueña, nos asignaron una casita humilde y nos explicaron en qué consistían las labores. Don Manuel se desempeñaría como particular extrayendo caliche y yo lo ayudaría.
Gracias a que en ese entonces yo era un niño de bajo peso, resulté perfecto para ayudar en las tronaduras. Aquel era un trabajo de doble jornada: durante el día me introducía en estrechas cavidades subterráneas para colocar dinamita y así remover el terreno; por la noche rezaba para que al día siguiente la dinamita no estallara mientras yo estuviera adentro.
Humberstone era un lugar caluroso durante el día, donde el agua escaseaba y el frío de las noches era desgarrador. Nos dijeron que momentáneamente estaríamos incómodos, pero que pronto disfrutaríamos de buen dinero, cosa que incentivó a don Manuel.
Inicialmente, cuando aprendimos cómo funcionaba aquello, también nosotros comenzamos a divertirnos a costa de los recién llegados. Nos burlábamos de los nuevos trabajadores que aparecían desde distintos rincones del país, saludando con sus valijas polvorientas y sus caritas sonrientes, sin saber que habían caído en la estafa conocida como «enganche».
No obstante, después de un tiempo, decidimos hacer algo al respecto, nos organizamos con otros trabajadores que habían llegado engañados por el mismo sujeto y decidimos darle su merecido. Lo buscamos, lo rodeamos y le hicimos entender que su carrera como enganchador había llegado a su fin.
Lo obligamos a abandonar tanto su oficio como la oficina. Tiempo después, nos llegaron noticias de que había enmendado su vida y conseguido trabajo como momia en un museo.
