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CRÓNICA / 03

De cuando conocí a Guevara

Juan Cautivo Miranda

Esta mañana Eduarda salió muy temprano a cobrar la pensión que recibe del gobierno. Con ese dinero apenas le alcanza para pagar todos los gastos que yo le ocasiono.

Me duché, me afeité, me engominé y escuché el informativo en la radio. Después volví a acostarme de lado y, mientras dormitaba, pensé que hoy podría ser un buen día para luchar por la libertad de los oprimidos.

Dormí un poco más y, cerca del mediodía, me levanté para esperar a Eduarda detrás de la puerta. Cuando entró con la bandeja del almuerzo, aproveché el espacio que dejó entre su espalda y el marco para escabullirme hacia la sala. Fue una maniobra extraordinaria. Juro que sentí el viento de la libertad soplando en mi cara. Pero cuando estaba a punto de alcanzar la emancipación definitiva, llegué a la puerta de calle y descubrí que también estaba cerrada con llave. El sistema de la doble puerta se utiliza en todos los zoológicos del mundo. Nuevamente subestimé a mi enemiga.

En fin, no me quedó más que regresar a la habitación y, con el alboroto que armé, Eduarda se enfadó muchísimo. Decidió introducir algunos cambios en la jornada y, aunque parezca extraño, fue maravilloso. Hoy me siento mucho mejor que de costumbre. Sin proponérselo, Eduarda consiguió sacarme por completo de esta maldita rutina que me ahoga.

Hoy no me dio de comer.

Otra cosa interesante ocurrió mientras dormía la siesta. Me había recostado sobre mi lado derecho y casi de inmediato comencé a soñar con un muchacho que conocí hace muchos años en una iglesia de Buenos Aires, donde viví exiliado un par de años. Durante ese tiempo fui muy pobre porque me concentré hábilmente en hacer todo lo necesario para no necesitar trabajo. A pesar de las adversidades, siempre me las arreglé bastante bien a pan y mate, hasta que un mal día tuve que poner la yerba a secar al sol para volver a utilizarla.

Aquello me pareció la última de una larga serie de injusticias y decidí ir a reclamarle personalmente a Dios. Salí dispuesto a arreglar cuentas con el Omnipotente. Caminé varias cuadras hasta la primera iglesia que encontré en la guía turística y, apenas entré, increpé duramente al cura, que estaba contando dinero dentro de un cofre dorado y muy brilloso. ¿Por qué los pobres no tienen?, pensé, sin recibir una respuesta satisfactoria.

Discutimos largo rato sin advertir que, a pocos metros, un muchacho nos observaba junto a un tanque de oxígeno. Tendría unos veinte años y sus bigotes recordaban a Cantinflas.

De pronto se acercó y me dijo:

—¿Qué hacés acá, nene? Escuchame, ¿por qué mierda entrás así a la iglesia? ¿Te creés que esta es tu casa? Tomátelas, boludo, antes de que te saque a patadas.

—Esta es la casa de Dios —le contesté—. Yo también soy su hijo. Tengo todo el derecho de estar acá.

—Hijo no reconocido serás vos —respondió el muchacho, exaltado.

No supe qué contestar, así que le di una patada en las pelotas. Eficaz técnica de defensa que aprendí en el ejército.

Se armó una camorra de mil putas. Derribamos unos candelabros, rompimos parte de la santa decoración y terminamos arrastrando el tanque de oxígeno por toda la iglesia. Estábamos enfrascados en una lucha sin cuartel cuando al muchacho se le desconectó la manguera y su rostro comenzó a transitar peligrosamente hacia los colores fríos.

Aquello nos obligó a una tregua.

Lo ayudé a recomponerse y, en agradecimiento, me propuso que fuéramos a tomar algo. Me pareció un gesto muy considerado de su parte, dadas las circunstancias.

Gracias por la tregua que le diste a mi existir.

Camino al bar, pasamos por un taller mecánico a retirar su motocicleta. Me contó que había tenido que mandarla a reparar porque al día siguiente emprendería un largo viaje por América Latina.

Cargamos el tanque de oxígeno en la parte trasera y partimos en busca de un bar de mala muerte donde conversar tranquilamente.

Con el vino fuimos descubriendo que teníamos muchas cosas en común, aunque ahora no recuerdo ninguna. Al cabo de unas cuantas botellas nos habíamos convertido en amigos entrañables.

Me confesó que era ateo, pero que había intervenido a favor del cura porque necesitaba un milagro que lo curara del terrible asma que lo aquejaba. Según él, no creer en Dios no significaba necesariamente que Dios no existiera. Y, en caso de existir, defender a un cura siendo ateo podía ser un sacrificio especialmente valioso.

En la radio se escuchaba: «Cada cual tiene sus penas, y nosotros las tenemos, esta noche beberemos, porque ya no volveremos a vernos máaas».

Ya avanzada la noche, el muchacho me propuso que lo acompañara en su viaje.

La oferta era tentadora. Según me explicó, disponía de dinero suficiente para cubrir todos los gastos, de modo que yo no tendría que preocuparme por nada. Sin embargo, tanta generosidad me despertó sospechas. Me inquietaba la posibilidad de que quisiera hacerme trabajar durante el viaje.

Lo cierto es que no me parecía prudente abandonar la miserable vida que había construido en Buenos Aires para recorrer un continente con un desconocido al que acababa de patear en las pelotas.

Le agradecí sinceramente su ofrecimiento, pero le expliqué que tenía compromisos impostergables.

Terminada la séptima botella, nos despedimos con un fuerte abrazo. Antes de marcharse, y con la lengua traposa, me manifestó:

—Qué lástima que no me acompañás, che. Hubiese sido bárbaro viajar con vos. Ahora no me queda otra que ir con Alberto Granado, que es un boludo reaburrido. Bueno, chau, pibe. Andate por la sombra.

Y así se alejó, caminando tambaleante hacia su motocicleta.

Se le quedó el tanque de oxígeno a un costado de la mesa.

Nunca más supe de él.

Guevara en 1952
Guevara en 1952