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CRÓNICA / 04

El Ingeniero Dovranicci

Juan Cautivo Miranda

A veces me siento tan solo que por las mañanas enciendo la radio únicamente para escuchar la voz de alguien que no sea la de Eduarda. El problema es que, a medida que avanza el informativo, solo recibo malas noticias de su parte. Entonces empiezo a sentirme traicionado, confundo la realidad con la ficción y termino insultándolo violentamente. Después me arrepiento, pero nunca pido disculpas.

Cuando hago eso, Eduarda se enfurece y continúa pasando el chancho por la habitación sin dirigirme la palabra durante el resto del día. Esa actitud de superioridad me recuerda la que adoptaba cuando paseaba por la plaza, muchos años atrás. Eduarda siempre tuvo gran talento para ningunear a los demás.

En el barrio era famosa. Cuando la veían pasar, todos murmuraban. Los hombres comentaban lo hermosa que estaba y algunos aseguraban haber compartido con ella intimidades que, por supuesto, no tenían cómo demostrar. Las mujeres criticaban sus vestidos y sus actitudes. Sobre Eduarda circulaban rumores francamente escandalosos.

Personalmente, siempre pensé que eran todos ciertos. Era una mujer capaz de provocar grandes sufrimientos. Nuestro barrio tenía el índice de desengaño amoroso masculino más alto de Chile, y Eduarda era, en gran parte, responsable.

Entre sus numerosos pretendientes, a quienes disfrutaba manteniendo en permanente estado de incertidumbre, destacaba el ingeniero Dovranicci. Todos lo llamaban Ingeniero, aunque en realidad nunca consiguió graduarse. Con el tiempo, el título terminó convirtiéndose en una costumbre que nadie se molestó en cuestionar.

Dovranicci era algunos años mayor que nosotros y gozaba de enorme popularidad entre las solteras del barrio. Tenía dinero, buenos modales cuando estaba sobrio y una barba pelirroja que cuidaba con esmero. A menudo visitaba nuestra calle a escondidas de sus padres, quienes no veían con buenos ojos que frecuentara gente de nuestra condición.

Su padre era un próspero empresario de origen siciliano que había amasado una fortuna haciendo harina a los demás. Tenía fama de déspota y pagaba una miseria a sus empleados, entre quienes se encontraban varios miembros de nuestras familias. Sin embargo, gozaba de un respeto considerable. En aquellos tiempos, el dinero podía compensar muchas deficiencias de carácter.

Su hijo era distinto. Se trataba de un hombre generoso, especialmente cuando bebía. En sus celebraciones acostumbraba regalar objetos de su propiedad a cualquiera que se cruzara por su camino. Una noche llegó a regalar la escopeta de colección de su padre a un desconocido que le había pedido fuego.

Cuando estaba borracho, hablaba con entusiasmo de su deseo de llenar la ciudad de puentes y túneles. Decía que la ingeniería debía estar al servicio de la humanidad y que aquellas estructuras viales constituían lo más cercano a la teletransportación que el hombre había conseguido.

Eduarda y Dovranicci en 1968
Eduarda y Dovranicci en 1968