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CRÓNICA / 17

De mi amor en Humberstone

Juan Cautivo Miranda

Ya en 1958 teníamos experiencia en las labores de extracción del mineral y nos habíamos acostumbrado a esa vida. Yo entraba en la adolescencia y, a medida que crecía, mi piel se volvía seca y oscura. Por aquellos años, mientras colocaba cartuchos de dinamita, también comenzaban a estallar mis hormonas.

Desgraciadamente, eran muy pocas las mujeres jóvenes y lindas que habitaban la oficina. De igual manera, pronto me enamoraría locamente por primera vez. Ahí comencé a ponerme tarado y todavía no se me pasa.

A diario, de madrugada, me tocaba ir a ponerme en la cola de la pulpería para comprar cebolla y pan. A esa misma hora, la niña Isabel salía a la vereda a recibir a su maestra de matemática.

Isabel Oreja era una muchacha un poco mayor que yo. Era hermosa, rubia y acinturada, hija de un destacado empleado de la oficina, uno de los predilectos de don Santiago Humberstone, quien años atrás lo había traído desde Inglaterra para que fuese su brazo derecho. Por las tardes, la muchacha solía recostarse a tomar sol en la terraza de su linda mansión, ubicada en la calle principal. En mi escaso tiempo libre, yo pasaba por ahí una y otra vez en bicicleta, exclusivamente para espiarla.

Un buen día decidí que ya era hora de tomar el destino en mis manos. Lo mejor sería escribirle una desgarradora carta de amor. Averigüé que los viernes Isabel siempre iba al teatro a ver películas mexicanas. Terminé la carta, la aromaticé con pétalos de flores de cactus, que era lo único que crecía en aquella tierra estéril, y partí a entregársela. Además, así aprovechaba de conocer el teatro.

Al llegar no me fue fácil cumplir mi objetivo, pues no sabía que ella y los empleados se sentaban en un lugar preferencial, alejados de los calicheros y otros obreros, entre quienes me encontraba yo. Encima, perdí el dinero que pagué por entrar, ya que no logré concentrarme en la película: me dediqué a buscar su mirada en todo momento. Cuando el filme estaba por terminar, le puse un poco de atención, pero justo durante la escena del beso apasionado entre el muchacho valiente y la chica linda, la cinta se incendió repentinamente.

El teatro se llenó de humo y se interrumpió la proyección. Durante la evacuación me dieron otro dato y, al día siguiente, volví a intentar ubicarla en la piscina. Al llegar descubrí que también allí estábamos separados por rejas y guardias. Por lo menos chapoteé un poco y la vi por primera vez en bikini. Con eso me bastó para pasar semanas sin poder dormir sin caerme de la cama a medianoche.

A finales de ese mismo mes, un amigo de su padre me encargó un trabajito. Cuando llegué a la casa del magnate, me llevé una gran sorpresa al ver que ella estaba invitada. La saludé tímidamente con un gesto y comencé a trasladar unas cosas, sonrojado y sin poder concentrarme. Lo peor fue que, por los nervios, dejé caer unas macetas que adornaban la entrada. El dueño de casa, ayudado por sus guardaespaldas, me dio una paliza descomunal. Ahí supe que mi amor era correspondido, pues la muchacha me defendió valientemente, impidiendo que los gorilas me metieran los restos de las macetas por la boca.

Durante el resto de 1958 y comienzos de 1959, el azar hizo que nos topáramos un par de veces. Aunque hasta entonces ella nunca me había hablado, yo aseguro que nos queríamos. Lo sé porque, a pesar de pertenecer a clases sociales distintas, ella no huía de mí. En una oportunidad la vi en la calle y la invité a tomar un mote con huesillo. Ella lo aceptó con un guiño. Al entregárselo, toqué suavemente su mano y ella me sonrió con dulzura.

En 1960, el escenario social de la oficina era totalmente distinto. Las grandes deudas salariales habían aumentado el descontento entre los obreros y comenzaron las huelgas y manifestaciones callejeras. Para apaciguar los ánimos, desde los altos cargos de la oficina llegó la noticia de que recibiríamos importantes sumas de dinero provenientes de Estados Unidos. Mientras tanto, no había plata para comprar nada. La mayoría de nosotros habíamos abandonado nuestros puestos de trabajo y esperábamos las decisiones de los dirigentes.

Yo, entretanto, comencé a trabajar como chico de los mandados para el jefe de los contadores de la oficina. Entre otras cosas, cada semana me enviaban al correo de Iquique a preguntar si había llegado un paquete verde. Al cabo de varios viajes en vano, el paquete por fin llegó y lo retiré siguiendo las órdenes de mi jefe.

De vuelta en la oficina, casualmente me crucé con Isabel y su sombrilla. Para pasar el calor del mediodía, me invitó a tomar un helado. Encantado, agarré el incómodo paquete verde y, para que no me estorbara, lo dejé bajo una banca de la plaza, tapado con mi camisa. Paseamos largo rato conversando y riendo. Quedamos en repetir la cita, pero a escondidas de sus padres, y nos despedimos cariñosamente.

Eufórico y lleno de dicha me fui a casa. Al llegar, mi madre me preguntó por qué venía sin camisa y ahí recién me acordé del paquete. Obviamente, corrí lo más rápido que pude hasta la plaza. Como era de esperar, después de casi ocho horas de abandono, el paquete ya no estaba donde lo había dejado. Lo busqué desesperado por los alrededores y, por suerte, encontré mi camisa.

Sabiendo que, una vez que el contador se enterara de mi desliz, recibiría otra gran paliza, decidí avisar a mi madre y fugarme al sur.

Al año siguiente me reencontré con mi madre en Valdivia. Me contó que, pocos días después de mi partida, la oficina había cerrado tristemente para siempre. Los obreros, incrédulos, habían perdido la paciencia y poco a poco emprendieron el éxodo hacia Iquique, mientras los empleadores intentaban retenerlos asegurando que el paquete con el dinero ya debería haber llegado.

Isabel Oreja en 1959
Isabel Oreja en 1959