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CRÓNICA / 19

El Padre Pepe I

Juan Cautivo Miranda

Cuando era niño, mi madre tenía un jaulón inmenso lleno de canarios finos, de esos con anillo en la pata. Había alrededor de cincuenta aves. En general eran amarillas o blancas, pero por las sobredosis que mamá les daba de zanahoria o betarraga se volvían medio colorados.

Me gustaba apoyar la cabeza contra la malla y quedarme quieto hasta sentir cómo las hembras me arrancaban pelos para hacer sus nidos. Después de la temporada de crianza vendíamos los pichones y nos ganábamos algunos pesos. Yo estoy seguro de que mi madre quería más a sus plantas y canarios que a sus hijos.

Un sábado la acompañé a casa de la patrona para vender un pichón. La señora le había encargado un albino y mi madre, que equivocadamente pensaba que su negocio era ilegal, llevaba varios pichones en un saquito, escondidos dentro de un zapato.

La señora nos recibió y nos hizo pasar al jardín. Tenía una jaula preciosa que parecía bañada en oro, con decenas de pajaritos de todos colores, muy bien cuidados y llenos de salud.

Al verlos no me pude aguantar y exclamé:

—¡Carajo, mamá, mira qué lindos canarios!

Pronto las aves comenzaron a actuar de manera extraña. No sostenían la cabeza, cual cisne del río Cruces. Una a una fueron cayendo muertas de las perchas al suelo. La señora aplicaba en vano técnicas de reanimación a los últimos agonizantes, mientras yo preguntaba si por ahí había una planta de celulosa.

La señora, fuera de sí y gritando como una histérica, nos echó a patadas de la casa. Encima, no compró ningún pichón. ¡Qué injusta! Como si fuera nuestra culpa que, con tan lujosa pajarera, no se hubiese preocupado de tener una cintita roja para el mal de ojo.

Caminamos en silencio de vuelta a casa. Al llegar, mi madre sacó los pichones del zapato. Algunos habían muerto durante el traslado, así que me mandó a hacer un huequito en el antejardín y una cruz con dos palitos amarrados.

Nunca me reprendió por lo del mal de ojo. De todas formas, no había manera de saberlo. Después, todo siguió más o menos normal, pero en adelante no pude volver a salir al patio trasero donde estaba su jaulón y tampoco me permitió conocer al resto de mis hermanitos hasta que fueran entrando a primero de preparatoria.

Para los veranos llegaban a casa mis primos mayores, muy amantes del fútbol. Jugaban en el patio a escondidas mientras mi madre dormía la siesta. Durante las pichangas siempre llegaban pelotazos al jaulón, que en esas fechas estaba lleno de nidos.

Un día, con uno de los golpes, cayó un nido e instantáneamente murieron varios pichones. Como mis primos conocían la historia con la patrona, para salvarse reconstruyeron el nido caído y acomodaron en él los cuerpitos desplumados y sin vida. Después buscaron a mi madre y le dijeron que yo había salido al patio para ojearlos. Mi madre, sin escuchar mi versión, me mandó castigado a un campamento de jóvenes cristianos por el resto del verano.

Ahí conocí al Padre José Masinguer, conocido como el Padre Pepe, un jesuita alemán joven y humilde que apenas hablaba español. Sin importar la lluvia o el frío, vestía siempre con su gastada sotana y sandalias.

A los chicos más grandes del campamento nos levantaba de noche, después del toque de queda, y nos llevaba caminando hasta el bosque, donde nos sentaba en un gran círculo alrededor del fuego. Él se paseaba por el centro y enérgicamente nos hablaba de política, de derechos humanos, de justicia, del hambre del pueblo africano, etc. Algunas veces también jugábamos al semáforo, a la botella, al doctor o al papá y la mamá.

Lo recuerdo como a un sacerdote asertivo y tolerante. Nos enseñó a perder el miedo a la muerte y al juicio final. El único error que cometió fue asegurarnos de que Satán era solo un personaje de ficción.

Siempre, al volver a nuestras carpas, nos deseaba las buenas noches y nos pedía que no olvidáramos ser cuidadosos y no contar nuestras aventuras a otros curas. Además, a todos nos asignó una chapa para mayor seguridad. La mía era Vladimir.

En esas reuniones nos explicaba el deber que cada uno tenía con Dios y con los hombres. Nos recalcaba que en poco tiempo deberíamos responder al llamado divino de organizar la revolución, tanto en la tierra como en los cielos. Sus palabras nos hacían sentir importantes. Éramos la semilla joven del futuro que se organizaba en las penumbras para conseguir la luz de un mundo más justo y solidario.

Cuando terminó el verano seguí visitando continuamente la parroquia del barrio. Mi madre incentivaba aquella amistad con un hombre santo. De hecho, con el Padre Pepe hice mi primera comunión, me confirmé y luego me hizo su acólito, cargo que disfruté. Solíamos conversar, tomarnos el vino dulce y comer hostias con pebre.

Así, mientras yo crecía, nos hicimos buenos amigos. Un domingo llegué a misa como de costumbre, pero el Padre no estaba. Pregunté por él y me avisaron que, repentinamente y sin dar razones, había partido a la Argentina.

El Padre Pepe
El Padre Pepe