CRÓNICA / 14
Para superar esta angustia
Para este once de septiembre, Eduarda antes de acostarse me dejó una vela y fósforos en el cajón de la mesita de noche por si se cortaba la luz. Pensé en utilizarlos para quemar el colchón, empezar un motín y escapar, pero desistí porque me asustó la idea de lastimar a alguien.
La luz nunca se cortó, pero encendí la vela de todas maneras y me quedé despierto hasta tarde, pensando. Desde esa noche prácticamente no me he levantado. Llevo como doce días sin bañarme. Ya no tengo ganas de escribir, ni de dibujar, ni de nada. Tampoco me he afeitado y estoy comiendo muy poco.
Incluso Eduarda se preocupó. El otro día me preguntó si me sentía bien, si necesitaba algo. Yo le dije: «Libéreme, señora, ¿hasta cuándo me tendrá acá?». Ella no contestó y con un portazo dio por finalizada la conversación.

Pasaron los días y todo empeoró. El fin de semana de fiestas patrias Eduarda salió el jueves por la mañana a la feria como de costumbre. Lo inusual fue que antes de partir me dejó una bandeja desbordante con el desayuno, el almuerzo y la cena todo servido al mismo tiempo. También noté que iba más arreglada de lo común. Traía un vestido que no sacaba del armario hace años, uno que sólo usaba para ir a bailar. Claro que la prenda ahora le queda algo más ajustada.
Jamás pensé que llegaría de madrugada, calladita, con los zapatos en la mano. Es una irresponsable, yo no pude dormir en toda la noche esperándola preocupado.
Cuando llegó, al rato, sentí que roncaba así que supongo que durmió un rato. Después oí que se duchó, cocinó y me volvió a servir la bandeja con las tres comidas juntas y salió.
Según ella iba a la vega central, pues no había conseguido zapallo italiano. Le pregunté si llegaba pronto y me aseguro de que sí. La esperé hasta las cuatro de la mañana.
Al día siguiente desperté y sentí que ella estaba en casa. Mientras silbaba una cumbia hacía fideos nuevamente. Me trajo otra vez la bandeja, me dijo que iba a pagar unas cuentas. ¿Pagar cuentas un sábado 17 de septiembre? Obviamente, volvió el domingo, muerta de sed.
Ese mismo domingo, sin que yo le pidiera explicaciones, me dijo que había llegado temprano, incluso antes de la hora de cena, pero que yo no la había sentido porque estaba durmiendo. Me sirvió la comida y se fue a misa. Llegó el lunes, de seguro se demoró en el confesionario.
El fin de semana siguiente, sábado 24, claramente queriendo remendar sus actos, Eduarda llegó de la feria con una jaula y un choroy. Me dijo que era un regalo para subirme el ánimo. Ella conoce mi debilidad por las aves. Le dije que no debía comprar animales provenientes del tráfico ilegal. Tenerme secuestrado a mí, que soy uno entre millones, es perdonable. Pero secuestrar a un pobre loro nativo, de los doce o trece ejemplares que quedan en libertad, e impedir así su reproducción en la naturaleza es una crueldad imperdonable, incluso para ella. Esta mujer, sin embargo, no entiende razones, me gritó que si no me gustaba lo cambiaría.
El domingo llegó preguntando si prefería que cambiara el choroy por un ñandú o un flamenco. Para evitar otra tragedia medio ambiental, le dije que prefería una pareja de simples catitas para que me hicieran compañía. Le insistí en que comprara una pareja porque de traer un solo ejemplar, como son aves gregarias, este sobreviviría apenas, como lo hago yo.
A la hora de almuerzo llegó de la feria habiendo conseguido una hermosa pareja. La hembra parece lutina, pero tiene los ojos marrones, lo que me hace dudar. El macho parece ser un azul cobalto.
La hembra resultó ser mucho más amigable que sus congéneres humanas, es un amor, le puse Catalina, pero de cariño le digo Cata. El macho en cambio es más desconfiado. Le puse Jacinto.
Durante la tarde colgué la jaula de manera que pudiera verla desde la cama. Les preparé un comedero y un recipiente para el agua con latas de atún que le pedí a Eduarda. Acomodé las perchas e improvisé un columpio que quedó bastante bien.
Los observo mucho, pero sin molestarlos. Creo que ya se van acostumbrando a su nuevo entorno. Son muy dulces y alegres. Me llama la atención que, estando igualmente encerrados, parezcan mucho más felices que yo. Recordé los canarios que criaba mi madre y tuve la misma sensación.
Parece que el secreto para sobrellevar el encierro de mejor manera es cantando.
