← Volver a CrónicasCrónica 05 / 22

CRÓNICA / 05

El día que conocí a Eduarda II

Juan Cautivo Miranda

Últimamente no he vivido nada interesante en la habitación, así que retomaremos un relato que quedó truncado hace algunos días.

En la crónica Nº 2, titulada El día que conocí a Eduarda, terminé contando sobre una inesperada invitación que recibí del ingeniero Dovranicci. En ella se me citaba en su quinta de recreo para celebrar un malón, el siguiente sábado a las siete de la tarde. Esperé aquella fecha con grandes ansias, pero, llegado el día, llovió a cántaros, me dio modorra y no fui.

Eso no es todo. A los pocos días recibí otra muestra de amistad del Ingeniero. De hecho, me obligó a acompañarlo a una cita que tenía concertada con Eduarda y otra señorita.

En aquellos tiempos, las mujeres de bien solían hacerse acompañar por una amiga o hermana cuando salían con sus pretendientes. Esto representaba un gran problema para el varón, que debía conseguir otro muchacho para entretener a la acompañante. La dificultad residía principalmente en elegir al amigo correcto, pues siempre existía el riesgo de que la amada terminara fijándose en el invitado. Por esta razón, Dovranicci decidió concederme el honor de acompañarlo. Yo era entonces un adolescente aquejado de un acné particularmente severo.

El Ingeniero me visitó el día anterior a la cita y me explicó que primero llevaríamos a las chicas al «Rey del Mote con Huesillo» y que después iríamos al cerro Santa Lucía a disfrutar de un picnic. Me contó que había descubierto una manera de mejorar considerablemente el mote con huesillos agregándole un poco de licor. Según él, aquello tenía la virtud de alegrar el espíritu y favorecer el entendimiento entre hombres y mujeres.

También me aseguró que la amiga de Eduarda era perfecta para mí. Al parecer, se trataba de una mujer muy hermosa, educada y simpática que vivía en el barrio alto de la ciudad. Agregó que andaba en busca de un buen hombre como yo, pues tenía cuatro hijos y necesitaba mantenerlos.

Llegado el día, nos reunimos un rato antes para comprar flores. Después pasamos a buscar a las muchachas a sus respectivos domicilios e hicimos las presentaciones de rigor.

Una vez en el «Rey del Mote», Dovranicci hizo el pedido y sacó discretamente una botella de licor que llevaba escondida bajo el saco. Agregó un poco a cada vaso, aunque en el de Eduarda vertió una cantidad considerablemente mayor.

Todo iba de acuerdo con lo planeado hasta que, mientras Dovranicci pagaba la cuenta, un pajarillo que sobrevolaba nuestras cabezas se cagó en el vaso de Eduarda. Ella, que sostenía en una mano su refresco y en la otra el del Ingeniero, los intercambió disimuladamente y me pidió que guardara silencio. Accedí por caballerosidad.

Dovranicci bebió su mote con huesillos con gran entusiasmo. Satisfecho con la cremosidad del cóctel, decidió repetir la experiencia un par de veces más durante la tarde.

Una hora después llegamos en tranvía al cerro Santa Lucía. Buscamos un lugar para instalar la sombrilla y la canastita del picnic que habían preparado las muchachas. Nos tendimos sobre el césped a charlar, mientras el Ingeniero continuaba bebiendo y explicándonos que el amor, al igual que la ingeniería, consistía principalmente en saber construir puentes y túneles.

De pronto, el viento comenzó a soplar hasta elevar unos centímetros la falda de Eduarda, dejando al descubierto la tersa piel de sus pantorrillas. Dovranicci, visiblemente entusiasmado, se puso de pie para ofrecerle una demostración de sus habilidades como bailarín. Dio una vuelta sobre sí mismo, perdió el equilibrio y cayó aparatosamente, arrastrando consigo la sombrilla y buena parte de las provisiones.

Debido al lamentable estado en que se encontraba el Ingeniero, me ofrecí a acompañar a Eduarda hasta su casa.

Caminamos durante horas por el centro de la capital, conversando de las cosas más diversas, hasta que, en cierto momento, Eduarda me confesó que necesitaba urgentemente ir al tocador. Entramos entonces en la Catedral Metropolitana, donde pedimos el favor.

Eduarda pasó al baño y yo, como correspondía, me quedé esperándola detrás de la puerta.

En eso estaba cuando de pronto escuché un murmullo:

—Juan, Juan, qué vergüenza. Perdóneme, mire usted, Juan, no hay papel. Consígame algo, por favor.

Para nuestra desgracia, la Catedral estaba prácticamente vacía y, para más desdicha, yo no andaba con nada que sirviera a la ocasión.

Para auxiliar pronto a la señorita, que por tanta incomodidad había pasado aquel día, decidí sacrificar mi pañuelo de seda azul.

En ese momento, y por tal acto de entrega, Eduarda caería locamente enamorada de mí y así nuestras vidas se fundirían para siempre.

Nunca supe qué pasó con la amiga.

Eduarda y sus amigas en 1951
Eduarda y sus amigas en 1951