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CRÓNICA / 10

Aclaraciones sobre mi ideología y mi sexualidad

Juan Cautivo Miranda

Llevo varios días pensando cómo formular las aclaraciones necesarias para aquellos seguidores que me acusan injustamente de comunista y homosexual. De todo corazón, lamento que tantas personas hayan perdido su tiempo enviándome mensajes llenos de malas palabras, manifestando sus dudas sobre mis tendencias políticas y cuestionando mi virilidad.

Por consideración hacia ellos, he decidido reconocer públicamente que no soy ni tan comunista ni tan homosexual.

En primer lugar, quisiera destacar algunos aspectos del cautiverio que son difíciles de apreciar para una persona libre y común. Por ejemplo, debo conformarme con canalizar mi naturaleza política a través de los reality shows. Aunque tuviera un partido al que apoyar, estando aquí encerrado no podría votar por él.

La verdad es que, para un hombre privado de libertad como yo, la política nacional ha pasado a un plano secundario. En mi vida cotidiana influye mucho más quién resulta elegido capataz en el reality que quién termine siendo presidente de la nación.

También quisiera dirigirme a los incrédulos que ponen en duda la veracidad de mis relatos y de mi linaje. Debo aclarar que estas pequeñas narraciones están íntegramente basadas en mi angustiante existencia. Los otarios que creen que son ficciones están completamente equivocados.

En cuanto a quienes cuestionan mi sexualidad, afirmo y defiendo por sobre todas las cosas mi condición de varón y caballero. No obstante, debo reconocer que durante mi juventud tuve algunas experiencias confusas que, por fortuna, he conseguido superar.

Para evitar nuevas interpretaciones malintencionadas, quisiera aclarar un episodio ocurrido cuando tenía alrededor de veintidós años.

Todo comenzó por culpa de mi novia de aquel entonces, la noche en que decidió abandonarme.

Hoy, con la sabiduría que me han entregado los años, miro hacia atrás y no consigo comprender cómo pudo afectarme tanto el término de aquella relación. La muchacha carecía de mayores atributos intelectuales y físicos. Sin embargo, aquella noche llegué incluso a pensar en quitarme la vida. Y eso que, con el tiempo, he olvidado hasta su nombre. Creo que se llamaba Luisa o Lucía.

Tuvimos una fuerte discusión en su habitación, durante la cual intercambiamos palabras muy hirientes. Ella me echó en cara los dedos que perdí cruzando la cordillera. Yo le reproché su codicia y crueldad.

Salí de allí profundamente acongojado y, por despecho, tomé el dinero que su familia guardaba en una caja fuerte. Conocía de memoria la combinación, porque a la muchacha le excitaba saberse dueña de una fortuna y solía repetirla al alcanzar un orgasmo.

Con aquel dinero me fui a comprar ropa, pues siempre he creído que una buena tenida ayuda a sobrellevar las penas del corazón.

Más tarde, bien vestido y con una botella en la mano, decidí buscar consuelo en otros brazos. Me dirigí a la esquina de Diagonal Paraguay con San Camilo, un sector del que había oído hablar favorablemente a varios caballeros de buena familia.

Fui en busca de un nuevo amor, sin importar la tarifa. Con el dinero que llevaba podía elegir a la mujer que quisiera y conseguir, por primera vez en mi vida, que me trataran como a un rey.

Al llegar, descubrí que en las esquinas había numerosas muchachas ofreciendo sus talentos. Quedé maravillado. Eran las mujeres más hermosas que había visto: jóvenes, altas, de cintura fina y cuerpos generosos, como las que aparecen por televisión.

Elegí a la más cara de todas.

Su nombre, a diferencia del de mi antigua novia, quedó grabado para siempre en mi memoria: Daisy.

Me acerqué, conversamos un rato y llegamos a un acuerdo económico. Después caminamos de la mano hasta un hospedaje que quedaba a la vuelta.

Allí bebimos y consumimos algunas sustancias que prefiero no identificar. Daisy era encantadora, divertida y muy cariñosa. Me hizo sentir cómodo desde el primer momento.

Cuando comenzamos a desvestirnos, descubrí que había ciertos detalles de su anatomía que no había previsto. Debo reconocer que aquello me desconcertó. ¿Gavilán o paloma?

Daisy me miró con sus grandes ojos, sonrió y me preguntó si quería quedarme.

Nunca he podido decir que no a una mujer hermosa. Además, ya le había pagado.

No quisiera entrar en detalles, porque soy un caballero y todavía conservo cierto sentido del pudor. Solo diré que aquella noche descubrí aspectos de la vida que hasta entonces desconocía y que, pese a mis aprensiones iniciales, resultaron bastante agradables.

Me lancé a la vida sin paracaídas.

A la mañana siguiente desperté temprano, con una resaca considerable y algunas molestias que atribuí a los excesos de la noche anterior.

Daisy ya no estaba.

Sobre la almohada encontré una nota de agradecimiento y un corpiño copa C, perfumado y autografiado. En la nota me dejaba su número de teléfono y me pedía que, si sabía de alguien que estuviera organizando una despedida de soltero o algo parecido, le avisara.

Me pareció un gesto muy profesional y considerado.

Me levanté con dificultad, me vestí y abandoné el hospedaje.

El corpiño y la nota de Daisy, lamentablemente, los perdí en la inundación del 82.

Años después me enteré de que aquella antigua novia, se había casado con otro militar, casi tan codicioso y cruel como ella.

Políticos amigos 1970
Políticos amigos 1970