CRÓNICA / 06
La Huida
Esta mañana, después de ducharme, estuve a punto de largarme de acá para siempre. El fin de esta maldita condena estuvo realmente cerca de concretarse.
Me encontraba escuchando el obituario, como de costumbre, cuando descubrí, para mi enorme sorpresa, que Eduarda había partido a la feria sin ponerle traba a la puerta de mi habitación. Pensé que estaba delirando, pero moví la manija y comprobé que estaba en lo correcto.
Durante unos segundos, toda mi vida pasó frente a mis ojos como una recreación de Mea culpa. Permanecí inmóvil, nervioso, tratando de comprender lo que estaba sucediendo. Por un momento dudé, no lo niego, pero recordé que el miedo no existe para un soldado. Eso también lo aprendí a patadas en el ejército.
Me vestí a toda carrera, agarré mis tesoros, el saco y la Polaroid, y salí de la habitación. Una vez afuera, recorrí sigilosamente el resto de la casa para confirmar que Eduarda no estuviera. Tomé también un teléfono móvil que encontré sobre el mesón de la cocina y me dirigí a la salida.
La puerta de calle estaba cerrada con llave, como siempre. Pero esta vez no estaba dispuesto a rendirme. Revisé ventana por ventana hasta encontrar una pequeña en el baño que no tenía protecciones. Apenas conseguí pasar, salté la reja y llegué a la calle.
No recordaba la sensación de la luz del sol en la piel ni el color del cielo. La cordillera imponente, la emoción de poder tomar micro, pisar caca. No lo podía creer.
El vértigo de la libertad me secuestró.
Comencé a caminar cautelosamente hasta que vi a un tipo que leía el diario sentado en una banca. Me eché a correr y lo abracé con lágrimas en los ojos. El tipo, no sé por qué mierda, reaccionó mal y me apartó gritando:
—¿QUÉ QUIERE? ¿QUÉ QUIERE?
Intenté explicarle lo que me sucedía mientras lo sujetaba de los hombros, pero volvió a gritarme:
—¡ANDATE DE AQUÍ, LOCO DE MIERDA! ¡VOY A LLAMAR A LOS PACOS!
—¡Sííí, sííí, por favor, hágalo! —le supliqué.
Me botó al piso de un empujón y se alejó caminando en reversa, insultándome.
Me levanté todo sucio e intenté quitarme parte de la tierra de la ropa con la palma de la mano.
También me acerqué a una señora que había presenciado todo mientras barría la vereda, pero antes de que pudiera alcanzarla entró rápidamente a su casa. Después intenté hablar con unas muchachas que pasaban en bicicleta, pero no me oyeron porque llevaban auriculares.
A esa altura ya estaba desesperado. Cada vez que intentaba acercarme a alguien, se alejaba.

Asustado, decidí seguir hacia una avenida que divisé al norte. Para no correr el riesgo de encontrarme con Eduarda, tomé una calle pequeña y sombría. A media cuadra me topé con un hombre que, al verme, se detuvo y me preguntó:
—Señor, ¿le pasa algo? ¿Está perdido?
—¡Sííí! ¡Por favor, ayúdeme!
—¿Se encuentra solo, señor?
—¡Sí, sí! ¡Estoy más solo que la mierda! ¡Por favor, ayúdeme!
Entonces el hombre sacó rápidamente algo de su bolsillo.
Eso fue lo último que recuerdo.
Desperté de vuelta en mi habitación, adolorido y con una bolsa de hielo sobre la frente. Eduarda estaba sentada a un costado de la cama, pelando las papas que había comprado en la feria.
—Menos mal que me lo encontré ahí tirado, Juan. ¿Usted no se da cuenta de que afuera está muy peligroso? No sea malagradecido, macho. Afuera no hay nada bueno, entienda. ¿O acaso piensa usted que la gente afuera es feliz?
La escuché sin decir nada.
Después me volteé, dándole la espalda, y creo que me quedé dormido.
En fin, tampoco estoy tan triste. Por lo menos conseguí un nuevo dato que podría ayudarme a salir de acá.
La casa donde estoy es antigua, blanca con gris, y enfrente hay una peluquería que se llama «Gran Peluquería Vallejo».
Es unisex.
¿Alguien la conoce?
