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CRÓNICA / 08

El teléfono móvil

Juan Cautivo Miranda

Aparte de no querer seguir viviendo y esas cosas que de vez en cuando nos pasan, me encuentro muy bien, gracias por preguntar.

Hoy en la mañana intenté inscribirme en Solos&Solas, una página para conocer gente por Internet, pero no pude. Me pedían datos personales que desconozco, como mi dirección y mi número de teléfono. No deja de ser curioso que para conocer a alguien primero haya que saber dónde vive uno.

Eduarda me regaló hace algunos años una computadora para que no me aburriera. También una radio y televisión. Según ella, no tiene sentido que pase encerrado todo el día sin nada que hacer.

La computadora, eso sí, la mandó a configurar especialmente. Puedo navegar por Internet, escribir, publicar y conversar con otras personas, pero Eduarda ha restringido el acceso a ciertas páginas y no puedo instalar programas, modificar la configuración ni averiguar dónde estoy. Dice que es por mi seguridad.

No he pedido nuca ayuda por Internet. Aunque parezca increíble, hasta hace poco me daba vergüenza reconocer que una mujer me mantenía secuestrado. Sobre todo, considerando que la última vez que logré escapar regresé por mérito propio. La explicación resulta muy confusa.

Mientras me ponía el saco nuevo para volver a la cama, noté que en el bolsillo interior tenía el teléfono móvil de Eduarda. Sí, el mismo que recogí en la cocina el día de mi última fuga. Ambos estábamos convencidos de que se había perdido durante el asalto.

Tomé aire y me senté a pensar qué hacer.

Necesitaba mantener la mente despejada, pues estaba frente a una oportunidad única que no podía dejar pasar.

Me manejo muy bien con esto de la tecnología. De verdad, orgulloso lo digo, y como siempre, todo gracias al ejército. Durante mi servicio me capacité en diversos ámbitos científicos, pero finalmente me especialicé en detonación de explosivos bajo el agua.

Podríamos decir que, bajo ciertos parámetros técnicos, una bomba es bastante similar a una computadora o a un teléfono moderno.

Tenía un plan. Llamaría al Ingeniero Dovranicci y le explicaría que estaba encerrado en una casa antigua, blanca con gris, frente a una peluquería llamada «Gran Peluquería Vallejo». Era la única pista que había conseguido durante mi última fuga. Un tipo de familia mafiosa como él seguramente no haría demasiadas preguntas. Además, con sus influencias y fortuna, podría encontrar la ubicación de la peluquería y venir a rescatarme.

Abrí el cajón del velador y comencé a buscar mi vieja libreta con números de amigos y chicas.

Después de un rato, en el fondo y cubierta de polvo, encontré la pobre libretita, con todas sus hojas amarillentas y quebradizas. La abrí en la I y allí estaba el número del Ingeniero Dovranicci.

Llorando de emoción, marqué 02, información indispensable para el caso y que manejaba gracias a una recreación de Pasiones. Luego, con grandes dificultades, pues las lágrimas me impedían ver bien, conseguí marcar el número de su mansión: 22 4465.

Esperé un rato, pero no pasó nada. Solo silencio. No sonaba ocupado ni llamando ni nada.

Intenté dos o tres veces más y también llamé a otros conocidos, sin mejores resultados.

Pensé que ya estaba todo perdido, pero recordé a un amigo que siempre intentaba suicidarse sin conseguirlo. Él me enseñó a ser perseverante, a no echarse a morir cuando las cosas salen mal.

Marqué un par de veces más hasta que finalmente sonó un pito y se apagó el aparato. Se había acabado la batería y yo no tenía cargador.

No lo podía creer. Estaba desconsolado y desconcertado. ¿Qué había hecho mal? Si había marcado 02, ¿por qué no había conseguido establecer la comunicación?

Al rato, intrigado, me metí a Internet y descubrí que hace un par de años en Santiago los números telefónicos tienen muchos más dígitos.

Yo con mis amigos en el McDonald, 1962
Yo con mis amigos en el McDonald, 1962