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CRÓNICA / 09

Para evitar la enfermedad mortal llamada vida

Juan Cautivo Miranda

Bueno, lo que es yo, hoy no amanecí muy bien. Pasé mala noche. Encima, al despertar bajé una pierna de la cama y la metí directamente en la bacinica que tengo al lado para no levantarme al baño cuando hace frío. Sumergí el pie hasta el tobillo, se me mojó la calceta y terminé volcando los orines sobre el piso.

Llamé a Eduarda, pero no contestó. Seguramente había salido temprano a la feria. Por suerte, tengo algunos diarios que me compra de vez en cuando, así que los extendí sobre lo mojado.

Con el transcurso de la mañana las cosas no mejoraron. Había muy mal olor en la habitación, Eduarda seguía sin aparecer y, para colmo, se había marchado sin dejarme desayuno. A media mañana tampoco pude terminar el puzle que había comenzado. Siempre fui muy bueno para las palabras cruzadas. Cuando éramos jóvenes, Eduarda y yo solíamos hacerlas tendidos semidesnudos y sin diccionario.

Después del incidente del Santa Lucía, Eduarda y yo continuamos viéndonos. Fuimos un par de veces al teatro y otras tantas a pasear por la Quinta Normal. El 14 de febrero de 1963 nos pusimos de novios y, pocas semanas después, sobrevino la desgracia que habría de separarnos.

Una madrugada de lunes, lluviosa y sombría, partí a cumplir con el servicio militar obligatorio. Eduarda, que llorando quedó, prometió esperarme.

Al principio, mientras permanecía en el cuartel, recibía mensualmente sus apasionadas cartas, que yo contestaba sin demora con poemas y promesas de amor eterno.

Pero un mal día llegó una carta de sobre oscuro. Sin mayores explicaciones, Eduarda me pedía que no volviera a buscarla. Me comunicaba que, por circunstancias que le causaba pudor explicar, esperaba un hijo del Ingeniero Dovranicci y que, para darle un hogar, pronto contraerían matrimonio.

La noticia me desmoronó. Anduve varios días llorando por los rincones del regimiento. Por suerte, mis superiores, hombres de corazón noble y verdaderos orientadores de jóvenes vidas, fueron los primeros en ofrecerme sus comprensivos hombros. Especialmente el mayor Cereceda, a quien todos recordamos con amor.

Sentía que el corazón se me quebraba. Un teniente muy sabio me aconsejó que la cura para mi dolor estaba en buscar otras muchachas, más generosas y llenas de ternura, que pudieran reunir los fragmentos y restaurarlo.

Sin embargo, el dolor fue intenso y me llevó a cometer algunos errores. Sentía que Eduarda me había engañado y, ¡carajo, que no se le roba la mujer a un militar!

Decidí tomar venganza contra Eduarda embarazando a toda mujer que se cruzara en mi camino. Ahora me arrepiento de aquello. Fue una irresponsabilidad; el odio me había cegado. Por fortuna, nunca conseguí poner en práctica mi plan, ni tampoco seguir los consejos del teniente. No por falta de empeño de mi parte, sino por falta de interés de las mujeres.

El reencuentro con Eduarda ocurrió más de veinte años después, en el Santiago de 1985.

Recuerdo perfectamente aquel 3 de marzo. Tembló muy fuerte. Mi casa se encontraba justo en el epicentro y se hizo mierda. Así perdí todo lo que, con gran esfuerzo, había conseguido salvar de la inundación del 82.

Según los vecinos que me encontraron inconsciente, de mis pertenencias solamente se salvó la Polaroid. Ellos me recogieron y me llevaron a un albergue. Les di las gracias mientras salían corriendo.

Al llegar al recinto me registré. Me preguntaron si tenía parientes que pudieran recibirme. Contesté que no.

Terminé los trámites de inscripción y me pasaron una frazada. Caminé por un largo pasillo hasta llegar a una especie de gimnasio lleno de gente y camas. Mientras buscaba un lugar desocupado, la vi.

Allí también estaba Eduarda.

Profundamente afectado, me senté frente a ella. La observé durante unos minutos. Por desgracia, seguía igual de linda, aunque un poco menos iluminada.

Estaba recostada sobre un colchón sucio, casi completamente oculta bajo unas frazadas. Algunas moscas revoloteaban a su alrededor y, de vez en cuando, se posaban sobre su cuerpo.

Eduarda me vio de todos modos. Aunque la herida seguía abierta, su rostro dejaba entrever que ella también había sufrido mucho durante aquellos años. Por eso decidí escucharla.

Se incorporó, me saludó con un beso en la mejilla y se acomodó a mi lado. Permanecimos unos minutos en silencio, hasta que me abrazó emocionada.

Me dijo que lamentaba profundamente lo ocurrido, que siempre se había arrepentido, que todavía me amaba y que para ella también había sido muy difícil dejarme.

Me explicó que se había confundido. Dovranicci le había prometido el mar y la tierra. Con él creyó tener un futuro. Pensó que por fin podría salir de la población, conocer El Quisco y disfrutar de una vida llena de comodidades. Confiaba en que el Ingeniero le daría la estabilidad económica que yo nunca había podido ofrecerle.

Confirmé lo que siempre supuse. Me dejó porque soy un pobre tipo.

Eduarda continuó con su relato y agregó que aquel niño nunca llegó a nacer.

Con lágrimas en los ojos me reveló que, cuando comprendió que la vida junto al Ingeniero era peor que la vida conmigo, tomó una decisión de la que a veces se arrepiente.

No quiso entrar en detalles y yo tampoco se los pedí. Me dijo que había sido una época muy difícil, que estuvo sola y asustada, y que todavía le costaba hablar de aquello.

Eduarda y el hijo que murió antes de nacer, 1964
Eduarda y el hijo que murió antes de nacer, 1964