CRÓNICA / 12
Mi novia universitaria
Hoy recibí el correo de un joven que asegura haber reconocido al Ingeniero Dovranicci en la fotografía. Al parecer, mi viejo amigo tendría desde hace años el mejor restaurante de mariscos del Mercado Central. El local se llama «El Faro», así que, por favor, me lo visitan y me cuentan qué tal.

Esta mañana no pude evitar caer en la peligrosa práctica de la nostalgia. Esa triste dicha me llevó a recordar un amor antiguo. Corría el año 1984 cuando una noche salí de franco y fui a tomar algo a un popular local capitalino llamado «Las Brujas». Allí conocí a una hermosa trigueña de mirada amable y sonrisa queda. Su nombre era Araucaria Paloma Parra.
Me senté en la barra del local y desde allí busqué su mirada esquiva. Finalmente me animé y la saqué a bailar. Mientras contorneábamos nuestros cuerpos, me contó que estudiaba para profesora de Artes en el antiguo Instituto Pedagógico, que unos años antes había dejado de pertenecer a la Universidad de Chile.
Las mujeres del Pedagógico siempre han tenido fama de ser las más bellas marxistas de Chile. Gracias a que omití mi oficio, enganchamos enseguida.
Comenzamos a salir. Primero fuimos al Cine Lido, luego al Rey del Mote con Huesillo, a la Quinta Normal, al Club Hípico y a otros lugares de interés. A las pocas semanas ya pasaba por ella cada viernes a su institución. La esperaba en la entrada principal para ayudarla a cargar su bolso y caminar juntos a tomar la micro en avenida Grecia.
Su bolso generalmente pesaba demasiado, incluso más que mi mochila para campamentos de supervivencia y alta montaña. Cuando tuve la oportunidad, lo revisé por curiosidad. Me llamó la atención no encontrar los interesantes y gruesos libros que ella decía llevar. En su lugar había extraños elementos de estudio para una futura docente: botellas de cerveza, fósforos, piedras, maderos y hasta trozos de neumático.
Cuando salíamos a bailar los fines de semana, la muchacha a veces olía a flores y otras a parafina. Una vez le pregunté por este particular aroma y me explicó que su madre trabajaba de jardinera y su padre como bombero de la Copec. Entonces comprendí que Araucaria era tan admirable que, además de estudiar, se esforzaba por ayudar a sus padres en sus respectivos trabajos. Esto explicaba también los extraños objetos que llevaba en el bolso.
Sobre su casa de estudios, me contaba que era como Harvard, pero mejor. Decía que sobraban los pupitres, que la biblioteca estaba repleta de libros muy bien cuidados, que todas las salas estaban climatizadas y que los baños eran un lujo. También me contó una antigua leyenda según la cual, al caer el sol, soltaban perros bravos para custodiar el recinto y evitar que los alumnos más aplicados pasaran la noche leyendo sobre el césped. Por lo que me han contado algunas amigas del LatinChat, la mítica institución, aunque cambió de nombre, básicamente se mantiene intacta.
Al poco andar supe que estaba completa y locamente enamorado de aquella muchacha de ojos verdes e intimidantes como una tuna. A pesar de su mirada, era una mujer muy cálida, aunque algo friolenta. Siempre llevaba un pasamontañas en el bolso, incluso en verano.
Solíamos pasear tomados de la mano por el Parque Forestal. Los días de lluvia nos cobijábamos bajo un paraguas y, cuando salía el sol, nos dedicábamos a tomar helado y conversar. Nuestro amor era cada vez más profundo, pero un mal día me dejó por un mediocre dirigente estudiantil.
Sufrí mucho aquella pérdida, pero me reconforta saber que con él tampoco fue feliz. Años más tarde supe que llegó a ser una excelente profesora y que trabajó esforzadamente el resto de su vida para pagar el crédito universitario.
