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CRÓNICA / 11

De cuando ingresé en la milicia

Juan Cautivo Miranda

Hoy me sentí mareado y caí mientras caminaba en círculos por la habitación. Me golpeé en la cabeza y Eduarda me lavó la herida con pisco. Aquella sensación de protección me recordó mis inicios en la milicia.

Mientras estuve en las filas, mis compañeros de batallón siempre me catalogaron de extraño. Yo era muy diferente a ellos, sin duda, y por eso solían humillarme. Pienso que esto se debía principalmente a que nunca soñé con acribillar a un extranjero ni con criar un perro para después comérmelo.

Podría contarles que la primera y última vez que jalé un gatillo casi mato al instructor de tiro. Me sentí más frustrado que Caszely después del penal. Pronto me asignaron exclusivamente tareas de limpieza del establo.

Sin embargo, aunque no lo parezca, mi presencia en el ejército no fue del todo un fracaso. Gracias a mi esfuerzo y mis múltiples talentos, algunos logros tuve.

En 1967 fui honrosamente condecorado por obtener el primer lugar en el XLIV Concurso de Poesía Militar, organizado por el Batallón 24, Compañía de Alta Montaña, Ejército de la Nación. Mi obra premiada se titulaba La mariposa y la flor negra.

También fui merecedor de la Medalla al Esfuerzo y al Crecimiento Personal, otorgada por el mismo batallón en 1969.

Esta última distinción me fue concedida después de un accidente ocurrido durante un ejercicio de alta montaña. Se me había encomendado cruzar un paso especialmente difícil, cargando una gran cantidad de municiones. Las instrucciones indicaban que debía evitar dejar huellas de botas, así que me las saqué.

La ceremonia de condecoración fue bastante íntima. Solo asistimos el comandante, el médico y yo. Me pidieron que no comentara demasiado el incidente, por razones de seguridad.

Años más tarde, durante el plebiscito de 1988, volví a prestar servicios a la patria. Fui convocado para cumplir una misión secreta, la que también fue exitosa. Consistió principalmente en abrir fuego contra una gran cantidad de documentos importantes.

Mi interés por la vida castrense comenzó tempranamente. Recuerdo que, siendo todavía un niño, durante el gobierno de Jorge Alessandri, quedé maravillado al ver a dos militares de uniforme impecable que marchaban hacia nuestra casa, ubicada en un barrio obrero. Su estampa galante, sus carabinas y aquella expresión de absoluta seriedad me impresionaron profundamente.

Algunos años después, una soleada tarde de 19 de septiembre, mientras contemplábamos la Parada Militar en el Parque O'Higgins, mi madre me preguntó:

—Juanito, mi sangre, este año usted termina la secundaria. ¿Ha pensado qué hará con su vida? Tenga presente que, si trabaja duro, podrá ser cualquier cosa que se proponga.

En ese momento no contesté nada. Sin embargo, con mi escaso entusiasmo por el trabajo, sabía que solo me quedaban dos posibilidades: ser artista o milico.

Finalmente decidí que el arte no era el camino, pues mi apellido no era suficientemente elegante. Además, la carrera militar, a diferencia de la artística, me ofrecía la posibilidad de hacer dinero sin trabajar, pero honradamente.

Como sea, la decisión final de entrar al ejército la tomé a fines de ese año y pasó más que nada por no poder evitar el servicio militar obligatorio.

Además, mi mamá era una mujer muy visionaria y no quería que yo entrara a la universidad. Decía que, con tantos créditos y becas, terminaría convirtiéndose en una fábrica de pobres.

Yo en 1963
Yo en 1963