CRÓNICA / 07
De cuando logré escapar de Chile en 1989
Cuando Eduarda me secuestró en 1988, me mantuvo durante algún tiempo en otra casa, una que quedaba en la Gran Avenida. De allí conseguí escapar al año siguiente, rompiendo una ventana y saltando desde un segundo piso. Fue una maniobra arriesgada, pero por entonces todavía conservaba algunas de mis habilidades militares.
Una vez fuera, recurrí a un viejo amigo que, muy comprensivo, me prestó dinero y me recomendó abandonar el país. Ese mismo día decidí partir a Brasil, porque en Argentina no me quería nadie.
Después de cuatro días de viaje en bus, llegué a Río de Janeiro completamente exhausto. Sin embargo, antes de buscar alojamiento, decidí cumplir uno de mis grandes sueños: conocer el legendario estadio Maracaná. Para mi sorpresa, justo ese día había partido y, para mayor dicha, se enfrentaban las selecciones de Brasil y Chile.
Como buen hincha nacional, pedí plata en la calle, compré una entrada y me instalé en una de las galerías, dispuesto a apoyar a nuestra selección con todas mis fuerzas. Encontré un cómodo lugar junto a unas muchachas muy atractivas y enseguida me puse a bailar samba y a gritar como loco por Brasil.
Los curvilíneos cuerpos de las garotas me impedían concentrarme en el juego. Cuando conseguí prestar atención, estaba completamente transpirado, el partido ya iba en el segundo tiempo y Chile perdía por un gol. Un certero tiro de Careca había vencido al honesto portero nacional.
Mientras nuestros jugadores buscaban desesperadamente el empate, un tipo que estaba cerca de mí comenzó a joder con una especie de fuego de artificio. Como aquello me pareció sumamente peligroso, le llamé la atención una y otra vez. Intenté explicarle las consecuencias que podía tener semejante irresponsabilidad, pero el hombre no entendía una palabra de castellano.
Finalmente, desesperado, le arrebaté el artefacto y lo arrojé lejos, sin preocuparme demasiado de dónde pudiera caer.
Segundos después, todas las miradas se concentraron en el arco chileno.
La bengala había caído cerca del Cóndor Rojas. Lo vi llevarse las manos al rostro y desplomarse sobre el césped. Desde mi ubicación no conseguí distinguir exactamente lo sucedido, pero cuando vi que la sangre corría por su frente comprendí que había provocado una tragedia.
La reacción de sus compañeros fue inmediata. Ni siquiera esperaron que ingresara la camilla: levantaron al héroe caído y lo llevaron hasta el camarín. El capitán Astengo decidió que los incidentes eran demasiado graves para continuar jugando y la selección chilena no volvió a la cancha.
Aprovechando el alboroto, salí discretamente del estadio.
En la calle tuve la impresión de que todos me observaban. Un vendedor de maní dejó de gritar cuando pasé frente a él y dos policías conversaban junto a un automóvil. No entendí lo que decían, pero estoy casi seguro de que hablaban de mí.
Inmediatamente compré un pasaje de regreso a Santiago. Durante el viaje apenas pude dormir. Cada vez que el bus se detenía, pensaba que la policía brasileña había descubierto mi identidad y venía a detenerme. Procuré mantener la cabeza agachada y evitar cualquier conversación con los demás pasajeros.
Cuando finalmente llegué a Chile, creí que lo peor había pasado, pero apenas bajé del bus descubrí que el incidente ocupaba las portadas de todos los periódicos. En la televisión repetían una y otra vez las imágenes del Cóndor ensangrentado y en las radios se hablaba de investigaciones, sanciones y responsabilidades.
Comprendí que había cometido un grave error al regresar. En Brasil me buscaban los brasileños y ahora me buscaban los chilenos.
El asunto era tan confuso que culpaban a cualquiera. Incluso se hablaba de una muchacha rubia que había estado cerca de mí en la galería y que, tiempo después, tuvimos la dicha de ver desnuda, fotografiada en una revista para hombres solos.
Yo sabía perfectamente quién había arrojado la bengala y no estaba dispuesto a permitir que aquella pobre mujer pagara por mis actos. Pensé en presentarme ante las autoridades para aclarar lo sucedido, pero después de meditarlo unos minutos concluí que lo más prudente era esperar a que se calmaran los ánimos.

Caminé durante varias horas por Santiago, convencido de que me seguían. Si un automóvil disminuía la velocidad, cambiaba de vereda. Si alguien me miraba demasiado, ocultaba mi rostro.
Mientras recorría la Alameda buscando dónde refugiarme, una vieja gitana se acercó y me ofreció leerme la mano. Me negué rotundamente, pero la mujer insistió y terminó sujetándome de la muñeca.
Observó mi palma durante unos segundos y luego levantó lentamente la mirada.
—Una gran desgracia se cierne sobre ti, paisano. Veo sufrimiento, veo oscuridad, veo años de encierro y soledad.
Me solté de inmediato.
Continué caminando, cada vez más asustado. La profecía confirmaba mis peores temores: tarde o temprano me encontrarían, sería juzgado y pasaría el resto de mis días en prisión.
Pensé en recurrir nuevamente a mi amigo, pero temí comprometerlo. Consideré también esconderme en alguna pensión, aunque estaba seguro de que la policía revisaría primero esos lugares.
Finalmente recordé que existía una casa donde nadie pensaría en buscarme.
La casa de Eduarda.
Después de todo, no se me ocurría un lugar más seguro para esconderme de la justicia que aquel donde había estado secuestrado. Reconozco que también la había extrañado un poco.
Muy asustado y con la conciencia intranquila, regresé donde ella y le expliqué que necesitaba permanecer oculto durante algún tiempo. Por suerte, me permitió volver al calvario.
Al día siguiente me llevó, con los ojos vendados y convenientemente drogado, a otra casa.
Cuando recuperé el conocimiento, comprobé con satisfacción que no había manera de entrar ni salir sin que Eduarda lo supiera. Aquí estaría mucho más seguro.
Unos días después, viendo las noticias en mi nueva habitación, me enteré de que las investigaciones habían demostrado que la bengala nunca alcanzó al portero. Rojas se había provocado la herida con una pequeña cuchilla que llevaba escondida en el guante.
No podía creerlo.
Fui hasta la puerta y traté de abrirla.
Era de acero y estaba con llave.
